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miércoles, 20 de febrero de 2019

Charlas de Taberna | Por Marcos H. Valerio | Refugiados en su propio país.

Tierra Santa, ubicada en Israel, es de las regiones más vulnerables del mundo, porque ahí están los símbolos de las tres religiones más importantes del mundo.

El pueblo palestino y el israelí están inmersos desde hace 70 años en un conflicto complejo, donde las razones históricas para la aceptación de dos estados en un mismo territorio se mezclan con sentimientos nacionalistas, de fe religiosa e intereses geoestratégicos en la región.

Y así, en algún lugar de la Tierra Santa, Yahir Yousif, palestino de 21 años de edad, quien vive en Belem, dice: “Los judíos nos tratan como a ellos les hicieron los nazis”.

“Los israelíes disparan a todo y debido al muro que han construido no tenemos acceso a escuelas, hospitales, mucho menos a los centros de abastecimiento. Yo preferiría no ver a los judíos para no tener alguna alternativa”, comenta Yahir Yousif.

En la zona ocupada, como definen los israelíes a los barrios palestinos, la pobreza no se inhibe, es lo que más reluce, niños que apenas ven a un extranjero corren a pedirle alguna moneda para mitigar su hambre.

El hospital es apenas un cuarto de 2 x 2 metros, lo rodean una docena de enfermos. El calor es intenso y ellos esperan, el momento de pasar a consulta.

Un voluntario de la Cruz Roja, Manuel Legorreta, de origen español, explica que no hay material básico para curar a los enfermos como gasas, jeringas o algún analgésico para mitigar el dolor, mucho menos material quirúrgico para realizar alguna cirugía.

“Las enfermedades comunes en los niños son las gastrointestinales y la desnutrición. Los adultos constantemente vienen heridos por golpes que les han propinado el ejército israelí”, afirma el voluntario.

“Con la construcción del muro que ellos llaman de seguridad, las enfermedades han aumentado, pues no podemos traer agua potable. Es cierto que ellos nos abastecen del vital líquido, pero son aguas tratadas que no se pueden tomar y ante la grave necesidad, el pueblo palestino la bebe y las enfermedades gastrointestinales aumentan”, asegura.

Otro joven palestino se acerca a platicar: “Hay que seguir luchando, pase lo que pase, Israel y Estados Unidos tratan de liquidarnos, y por cada palestino muerto serán dos judíos”, advierte.

Por otra parte, en la televisión Palestina se ven a niños con chalecos bomba dirigiéndose a Israel, al lado de un líder árabe quien los despide con un beso y canta con ellos: “A Jerusalén marchan un millón de mártires, dispuestos a liberar a su pueblo”. Lo que sin dudad es una invitación a la violencia.

Por su parte, una persona que dice ser representante de la Coordinadora Palestina de ONG Medioambientales, que omitió su nombre, expone que la solución al terrorismo depende de una salida política y no militar y que las agresiones militares de parte de los israelíes sólo aumenta el odio y el resentimiento.

Explica que los israelíes se hacen las víctimas, pero nunca hablan cuando Israel dejó a dos mil familias sin casa en el campo de refugiados de Rafah.

Añade que el terrorismo cesará cuando acabe la ocupación. Por cada muerto israelí mueren cuatro palestinos. La paz conviene más a los palestinos si de números se tratara, pero no es sólo de números, es de posibilidades de vida digna.

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