Colaboraciones

Snoopy: el día que salió de una librería

El 4 de octubre de 1950, Charles M. Schulz lo puso por primera vez frente a los lectores. Era un perro blanco, de orejas negras, aparentemente sencillo

Snoopy nació en el papel.

El 4 de octubre de 1950, Charles M. Schulz lo puso por primera vez frente a los lectores de Peanuts. Era un perro blanco, de orejas negras, aparentemente sencillo. Nadie podía imaginar entonces que terminaría convertido en escritor, piloto, aventurero, filósofo, músico y compañero de varias generaciones.

Pero hay otra fecha, mucho más íntima, en la historia de Snoopy: el día en que alguien lo descubrió en una librería.

Eran los últimos años de la década de los setenta.

Un día alguien había recomendado leer a Snoopy.

—¿Caricaturas? No, gracias.

—No son caricaturas. Es una forma de ver las cosas.

—De todos modos, no.

Y quedó ahí.

Hasta que una tarde comenzó a llover.

La ciudad tenía ese ritmo de las tardes que obligan a buscar refugio. En la Glorieta de Insurgentes, una librería ofreció un paréntesis mientras afuera seguía la lluvia. Y, dentro, entre libros y portadas, estaba él.

Snoopy.

Recostado sobre su casita de madera.

Cerca estaban Carlitos, con su expresión de siempre, y Linus, abrazado a su inseparable frazada.

El libro fue tomado casi por curiosidad.

Primero se miró la portada.

Después las páginas.

Y algo ocurrió.

A veces un personaje no entra a nuestra vida porque lo estemos buscando. Entra porque aparece en el momento preciso.

El libro salió de aquella librería y llegó a casa.

No llegó solo.

También iba un pequeño llavero con la figura de Snoopy.

Así comenzó una historia que, seguramente, se parece a la de muchas personas: primero hubo resistencia; después curiosidad; finalmente, compañía.

Porque eso hizo Charles M. Schulz con Peanuts: convirtió una historieta en una manera de mirar la vida.

La escuela, la amistad, la soledad, el fracaso, la esperanza, la imaginación y esos pequeños dramas cotidianos que de niños parecen enormes quedaron dibujados con una sencillez extraordinaria.

Snoopy podía ser escritor mientras los demás lo veían como un perro.

Podía convertirse en piloto, mientras permanecía sentado sobre su casita.

Podía vivir aventuras extraordinarias sin abandonar nunca el mismo vecindario.

Y quizá ahí está una parte de su vigencia.

No necesitaba salir del mundo para imaginar otros.

Han cambiado los periódicos, la televisión, los teléfonos y las formas de entretenimiento. Snoopy, en cambio, permanece.

Tiene más de siete décadas y sigue encontrando lectores.

Tal vez porque no envejeció con nosotros.

Mientras el mundo se hacía más rápido, él siguió teniendo tiempo para pensar.

Para imaginar.

Para esperar.

Para soñar despierto.

Y quizá por eso aquella tarde de lluvia en una librería de la Glorieta de Insurgentes importa.

Porque Snoopy no solamente nació el 4 de octubre de 1950.

Para algunos lectores, nació de nuevo el día en que un libro fue tomado de un estante, llevado a casa y convertido, sin saberlo, en compañía para toda la vida.

Hay personajes que uno lee.

Y hay personajes que uno se lleva a casa.

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