La música puede expresar la condición humana de manera sublime: Gabriela Ortiz
Ciudad de México, 6 de febrero de 2026.- Gabriela Ortiz Torres, maestra de la Facultad de Música (FaM) de la UNAM, fue galardonada por segundo año consecutivo en los premios Grammy, pero, a diferencia del año pasado que recibió un reconocimiento por Revolución Diamantina –sobre los distintos tipos de violencia hacia la mujer–, ahora es premiada por Yanga, una obra que abunda sobre la rebelión ocurrida en Veracruz encabezada por un líder africano en contra de la corona en la Nueva España.
En total, Yanga recibió tres premios Grammy. Dos le corresponden directamente a Ortiz Torres: el primero por Mejor Compendio Clásico y el segundo por Mejor Composición Clásica Contemporánea por Dzonot (concierto para violoncello incluido en el mismo material discográfico). El tercer reconocimiento fue para el Coro Maestro de Los Ángeles, por Mejor Interpretación Coral en Yanga.
En entrevista con Gaceta UNAM, la también académica reflexionó sobre su historia musical, sus composiciones y cómo la Universidad le ha ayudado en su carrera profesional.
Gaceta UNAM (GU): Dice que la música la eligió a usted. ¿Cómo ha sido el camino que la llevó desde su formación musical y sus primeros acercamientos a la composición hasta consolidar una trayectoria reconocida internacionalmente con los Grammy?
Gabriela Ortiz (GO): La música me eligió a mí, porque desde que recuerdo, siempre fue mi pasión. Desde bebé reaccionaba a ella: si escuchábamos algo alegre, me emocionaba; si era triste, también. Empecé escuchando mucho a Cri-Cri. Mi papá me lo ponía. Después, mis tíos llegaban a la casa y oían a los Beatles. Mis padres, además, fundaron el grupo Los Folkloristas. En mi casa se escuchaba música clásica. Era normal despertar con Beethoven o Mozart, porque mi papá era un gran melómano y mi mamá estudió 18 años piano. La música estaba muy presente, tanto el folclor como la música de concierto formaban parte de mi entorno.
Después empecé a tocar la guitarra y el charango. Iba a La Peña de los Folkloristas, estudié con Gerardo Tamez, tenía un grupo y tocábamos música folclórica. Otra parte de mi formación fue la escuela Manuel Bartolomé Cossío, fundada por el refugiado español José de Tapia Bujalance junto con su esposa Graciela de Tapia, pianista y directora de la primaria.
Cuando mi mamá vio que la música era una de mis pasiones, me sugirió estudiar de manera formal. Empecé con lecciones de piano con Graciela de Tapia. Luego, con Mario Stern, quien daba clases de coro en la primaria y era compositor y profesor de la Facultad de Música de la UNAM. A él le debo la idea de entender la creatividad musical.
Un intérprete también es un creador y tiene que darle vida a lo que está congelado. Esa información congelada sería la partitura, pero la idea de poder inventar una melodía o un ritmo fue a través de ejercicios muy lúdicos que nos daba Mario Stern. De pronto me di cuenta de que me encantaba y que podía tener esa capacidad de hacer pequeñas piezas y eso sí me abrió otro camino.
