Pueblos Originarios

La montaña que guarda el maíz: crónica del ascenso al Coscomate, santuario del Pueblo Ayuuk

La transformación del país no sólo es de carácter material, sino que tiene una dimensión espiritual.

Zempoaltépetl, Oaxaca.- Desde abajo, el cerro del Coscomate apenas se deja ver entre nubes espesas y pinos altos. La montaña se levanta como si estuviera viva. Y lo está. Los Ayuuk lo saben desde siempre. Aquí no se sube por turismo ni por aventura: se asciende para pedir vida, para agradecer, para hablar con la tierra.

Tres horas cuesta arriba bastan para que el cuerpo entienda lo que el espíritu ya sabía: llegar al Tsa´ax äm, “el lugar donde se guarda el maíz”, no es sólo esfuerzo físico… es memoria.

La vereda serpentea. El aire se adelgaza. Los pasos se vuelven lentos. Suben hombres y mujeres, familias enteras. También niñas y niños con el rostro encendido por el cansancio, y ancianos que avanzan sin prisa, como quien repite un camino aprendido desde generaciones.

Arriba, en la cumbre, un altar de piedra resiste al tiempo y al viento. No tiene lujo. Tiene historia. Tiene siglos.

Hasta ese punto llegó también el equipo del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, encabezado por Adelfo Regino Montes, para participar en el ritual tradicional de gratitud al cerro sagrado, en el marco de la festividad del centro ceremonial. Un acto que no es sólo religioso: es identidad y resistencia.

El agente municipal de Santa María Yacochi, Mauricio Altamirano López, dio la bienvenida con orgullo y explicó el sentido del lugar: “Aquí venimos a pedir maíz, frijol, calabaza… lo que sostiene la vida”.

El ritual comenzó con el silencio. Luego el copal. Después las oraciones, pronunciadas por los integrantes del Consejo de Ancianos de Santa María Alotepec Mixe. El mezcal, las flores, las velas y el humo se mezclaron con el viento helado. Las palabras, dichas en voz baja, parecían subir directo al cielo.

Los ancianos agradecieron a la divinidad creadora y a las deidades mixes Kontoy y Tajëëw. Pidieron lluvia, cosechas, salud, fertilidad en los campos. Pero también pidieron algo más raro en los tiempos actuales: que prevalezca el diálogo, que se aleje la envidia, que se fortalezca la empatía y la escucha.

En medio del rito, el mensaje fue claro: la transformación de México no sólo se construye con obras y presupuestos, también se sostiene en el espíritu de los pueblos que han resistido siglos sin renunciar a su raíz.

Mientras el humo del copal se elevaba, la música de viento acompañaba desde el fondo: sones a Kontoy, jarabes mixes, fandangos. La montaña escuchaba.

Y como cada año, el Pueblo Ayuuk volvió a lo esencial: compartir tortilla, chintextle, mezcal, tepache… y renovar esperanza.

En el Coscomate, el tiempo no corre: se honra.
Porque aquí, en la cima del Zempoaltépetl, el maíz no sólo alimenta el cuerpo.
También sostiene el alma.

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