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Charlas de taberna | Aseo de sus “zapatitos”: ¿Accidente o símbolo de desconexión? | Por: Marcos H. Valerio

A vísperas de la conmemoración del 109 aniversario de la Constitución de 1917, en Querétaro, un video captado y difundido en redes sociales mostró al ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), Hugo Aguilar Ortiz, mientras dos colaboradores —incluida Amanda Pérez Bolaños, directora de Comunicación Social— se agachaban en vía pública para limpiar manchas en sus zapatos con un paño o servilleta.

Las imágenes, tomadas minutos antes de su ingreso al Teatro de la República para la ceremonia oficial, generaron una ola inmediata de críticas en redes: Muchos usuarios las interpretaron como un gesto de ostentación, jerarquía exacerbada y desconexión con el discurso de austeridad y cercanía al pueblo que el Poder Judicial ha intentado proyectar en tiempos recientes.

Comentarios como “no muy austero”, “de pena ajena” o alusiones irónicas a “el pueblo agachón” se multiplicaron, sumándose a polémicas previas sobre el uso de camionetas blindadas de alto costo, que finalmente se desistió.

EXPLICACIÓN OFICIAL

Hugo Aguilar respondió públicamente en sus redes sociales, aclarando que se trató de un incidente accidental: a su compañera Amanda Pérez se le derramó café con nata, salpicando sus zapatos sin que lo notaran de inmediato. Al percatarse, ella intentó limpiar la mancha de forma espontánea y rápida.

El ministro aseguró que el gesto lo tomó por sorpresa, que en cuanto se dio cuenta le pidió que no continuara, y ofreció una disculpa pública a la funcionaria: “Agradezco su gesto. Le ofrezco una disculpa y le reitero mi respeto. No representa el actuar institucional de la Suprema Corte ni la forma en que conduzco mi desempeño público y privado. No ha habido ni habrá actitudes ni sentimientos de superioridad o de soberbia”.

FORMA ES FONDO

Más allá de si fue un simple percance o no, el episodio ilustra una verdad incómoda en política: La forma termina siendo fondo.

El ministro pudo haber intervenido de inmediato para evitarlo o, al menos, haberlo manejado con mayor discreción. En cambio, la pasividad inicial —quedarse quieto mientras otros se inclinan— alimentó la narrativa de distancia elitista.

Al final, lo que queda no es el café derramado, sino la imagen grabada: dos personas agachadas y un ministro de pie, observando. Esa foto dice más que mil palabras.

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