Charlas de taberna | Infancia rota de “Un Caníbal” | Por: Marcos H. Valerio
En una entrevista con José Luis Calva Zepeda, conocido como “El Caníbal de la Guerrero” a finales de octubre de 2007, abrió una ventana de su infancia marcada por el abandono, el maltrato y la pérdida precoz de la inocencia. Lo que para muchos niños es la noche más mágica del año se convirtió, para él, en el momento en que descubrió la crudeza de su realidad familiar.
Recordó que era el 5 de enero de 1975. Apenas con seis años, vivía en una modesta vivienda de la colonia Los Volcanes, en Nezahualcóyotl. Como cualquier niño, albergaba la ilusión de ver a los Reyes Magos. Se escondió debajo del viejo sofá de la sala —roído, pestilente y lleno de resortes desprendidos— para sorprenderlos. Quería pedirles lo que más anhelaba: Un padre que lo protegiera.
Pasadas las horas, a medianoche, las luces se encendieron. El corazón del pequeño latía con fuerza. Pero lo que vio no fueron barbas blancas ni camellos: era su madre, Elia, y su hermana mayor colocando juguetes en la sala. Al intentar observar mejor, un resorte le picó la espalda y provocó un leve ruido. Su madre lo descubrió.
El castigo fue inmediato y brutal. Lo regañó, lo golpeó y, frente a sus ojos, rompió el carrito que iba a ser su regalo. Luego lo amenazó con otra golpiza si revelaba a sus hermanos la “verdad” sobre los Reyes Magos.
“No podía pedirle un padre; lo máximo que aspiraba era sonreír fingidamente a los amantes de su madre, a quienes debía llamar papá o sufrir las consecuencias”, relató años después con voz fría.
Continuó su charla. A la mañana siguiente, mientras sus hermanos jugaban felices, José Luis solo miraba. Las lágrimas rodaban por sus mejillas y, en su interior, nacía una mezcla de impotencia.
Pasado el mediodía, salió a la calle a lustrar zapatos para contribuir al hogar. Un cliente, hombre de unos 50 años, le preguntó qué le habían traído los Reyes. El niño, con crudeza infantil, confesó que ya sabía que no existían, que su madre lo había golpeado y destruido su juguete por espiar. El hombre, conmovido, lo llevó al mercado ambulante y le compró un carrito idéntico al roto, incluso hasta el color.
Por un instante, la alegría regresó. Pero al volver a casa con el juguete en brazos, su madre lo vio y, sintiéndose retada, se enfureció de nuevo. Le arrebató el carrito, lo rompió y lo mandó otra vez a la calle a trabajar.
“Mató mi inocencia. La tristeza y el llanto me invadieron, y la furia contra mi madre, a quien solo le exigía un poquito de amor y comprensión, se desbordó en mi alma”, confesó Calva Zepeda en aquella entrevista que helaba la sangre.
Décadas después, en su departamento de la colonia Guerrero —donde fue detenido acusado de canibalismo—, las autoridades encontraron una carta dirigida a los Reyes Magos. En ella, el adulto José Luis pedía algo simbólico: Una máscara del luchador El Místico. “Porque con ella recuerdo que yo también soy un luchador, un luchador de la vida”.
Un testimonio que, más allá de los horrores que lo hicieron famoso, revela cómo una infancia marcada por el desamor y la violencia puede dejar heridas que nunca cierran. Un rincón muy lejos del cielo, donde la magia de los Reyes se convirtió en el primer gran desengaño de una vida rota.
