Colaboraciones

Charlas de taberna | Fútbol nos regresa a lo primitivo, a lo inexplicable | Por: Marcos H. Valerio

A solo horas de que el balón eche a rodar en el Mundial, el escritor y periodista Juan Villoro, uno de los críticos más lúcidos y apasionados del fútbol, se detiene a reflexionar sobre ese fenómeno que escapa a toda explicación racional y, sin embargo, nos mueve hasta las lágrimas, nos une y nos divide como ninguna otra cosa en el planeta.

“El fútbol es un misterio en cuanto a la emoción, la pasión, la entrega que suscita en la gente”, afirma Villoro con esa voz pausada y profunda que invita a escuchar.

“Nunca sabremos realmente qué es lo que lo distingue de otros deportes, pero podemos ensayar algunas explicaciones”.

Y vaya que las explicaciones son hermosas.

Para empezar, dice, está el hecho primordial: Se juega con el pie. Esa extremidad que la evolución humana parece haber “cancelado” en favor del ojo, el cerebro y, sobre todo, la mano.

El pie, que alguna vez nos sirvió para trepar árboles y recorrer sabanas, quedó relegado a un segundo plano en la historia de la civilización.

Pero cuando lo devolvemos al centro del juego, ocurre algo mágico: Regresamos a lo primitivo, a los orígenes de la horda humana que empieza a organizarse, a soñar y a pelear juntos.

“Jugar con el pie te remite a un tiempo primitivo”, explica Villoro. Y en esa vuelta al origen radica parte de su encanto salvaje y ancestral.

Pero hay más. El fútbol es, acaso, el deporte más democrático que existe. No pide un físico específico. No hay un molde.

“Puedes ser chaparrito y ser Lionel Messi. Puedes ser regordete y ser Ronaldo. Puedes ser espigado y ser Beckenbauer. Puedes incluso ser poliomielítico y ser el brasileño Garrincha”, subraya con admiración.

Porque el fútbol permite que cada quien ponga su picardía, su malicia, su inteligencia corporal. Convierte las supuestas debilidades en fortalezas únicas.

El que cojea encuentra una gambeta irrepetible. El bajito, una velocidad y una intuición que nadie más tiene. Es el triunfo del talento sobre el canon.

Y luego está el gol, ese bien tan escaso y precioso. A diferencia de otros deportes donde los puntos caen como lluvia, en el fútbol las anotaciones son acontecimientos.

Un gran partido puede terminar 0-0 y, aun así, dejarnos con el corazón en la garganta. Esa escasez genera misterio, tensión dramática, épica.

No hay récords que se batan con facilidad. Cada tanto es una conquista, casi un milagro.

Villoro recuerda que esa misma característica fue, precisamente, una de las razones por las que el fútbol tardó tanto en calar en Estados Unidos: En una sociedad tan triunfalista, donde todo debe tener un ganador claro y certificado, un empate o un partido sin goles resulta casi una decepción.

“Prefieren que haya un ganador y un perdedor notarial”, dice sonriendo. Pero el fútbol no siempre da certezas. A veces solo entrega belleza y angustia. Y eso, precisamente, es lo que lo hace grande.

Mientras el mundo se prepara para vivir otra vez esa fiebre colectiva, Villoro nos deja con la sensación de que el fútbol trasciende el deporte.

Es ritual, es memoria, es regreso a lo tribal y, al mismo tiempo, proyección de lo más refinado de nuestra inteligencia emocional.

Es, en definitiva, el juego donde los pies recuerdan lo que el alma nunca olvidó: que somos humanos cuando jugamos juntos.

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