UNAM, a la altura de las grandes universidades del mundo en arqueología marítima
Ciudad de México 18 de enero de 2026.- En cuanto a la capacidad de inspección arqueológica de lechos marinos y de aguas interiores, está al nivel de cualquiera de las grandes universidades del mundo que tienen 40 o 50 años con estudios de ese tipo, a pesar de que en la Universidad Nacional “no tenemos ni siquiera 10”, señaló el investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas, Jorge Manuel Herrera Tovar.
El trabajo en la materia inició en la Universidad de la nación en 2017 con el Proyecto Arqueología Marítima de la Guerra de Intervención 1846-1848, ocurrida entre nuestro país y los Estados Unidos en ese periodo, explicó.
De ese conflicto hay quienes recuerdan el asedio, bloqueo y bombardeo al puerto de Veracruz por parte de los estadounidenses; no obstante, la mayoría de las batallas que México ganó fueron náuticas.
Con el proyecto se profundiza en el conocimiento de sitios arqueológicos sumergidos y costeros; campos de combate ribereños, desde naufragios hasta el paisaje marítimo que incluye ríos, costas, puertos y las áreas combinadas en estos lugares de batalla anfibios con enfrentamientos en agua y tierra.
Jorge Manuel Herrera ha puesto énfasis en la exploración de un naufragio de bandera estadounidense en aguas veracruzanas. El USS Somers hizo una maniobra difícil: al virar contra el viento perdió el centro de equilibrio y se inclinó hasta entrarle agua; “se fue al fondo del mar en dos minutos con una buena parte de la tripulación”.
Es el sitio arqueológico en territorio mexicano mejor conservado de esa guerra y representa una oportunidad para indagar en materias de estrategia y tecnología naval, que a mediados del siglo XIX registraron importante evolución con la transición de los barcos de vela a los de vapor. Además de que en esa época también se comenzaron a reforzar los cascos de los navíos con un armazón de metal.
Información reveladora
“El USS Somers era sumamente veloz y hábil para la maniobra”. Para conocerlo más se realizan también estudios de geofísica marina porque está en aguas profundas, en una zona con una visibilidad promedio de 40 centímetros. Mediante el uso de equipos de percepción remota se obtienen imágenes que complementan los análisis arqueológicos.
Como parte del plan financiado por la UNAM, el entonces Consejo Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías y la Academia Británica de Ciencias, hemos elaborado modelos fotogramétricos, es decir, digitales de alto detalle a partir de más de 20 mil fotografías relacionadas espacialmente entre sí.
De manera paralela al trabajo en el sitio, pormenorizó Herrera Tovar, se concretó una investigación histórica detallada en archivos mexicanos y estadounidenses, museos, colecciones privadas, etcétera.
Tenemos miles de documentos que nos hablan de los aspectos marítimos de la guerra, pero también acerca de la vida cotidiana, salud, enfermedad, muerte, uso de armamento, estrategias militares, cómo funcionaba el sistema de atención a los heridos en batalla a bordo de las embarcaciones, y más. Es información “de mucha riqueza”, puntualizó, “y la estamos analizando en colaboración con especialistas en antropología médica del Hospital General de México «Eduardo Liceaga»”.
Restos del pasado
Combinando datos arqueológicos, históricos y recursos tecnológicos se reconstruyeron los restos arqueológicos de la nave y de su casco para analizar las capacidades verdaderas de maniobra del barco, recordó.
Son modelos digitales para determinar la estabilidad estática: cómo se comportaba con la carga, cuánta podía llevar al igual que el número de pasajeros o tripulantes; y cómo se distribuían los centros de equilibrio. Sabíamos cómo se hundió, en qué momento, en qué día, qué estaba ocurriendo, pero desconocíamos por qué: por una mala maniobra y un defecto de diseño.
El universitario y su equipo fabricaron con precisión -a partir de información histórica y arqueológica- el modelo a escala del barco, en madera, y lo llevaron a un canal de pruebas hidrodinámicas, equivalente a los túneles de viento donde se prueban los aviones o los autos de carreras.
Con la llamada ingeniería naval inversa, enfatizó el experto, ahora podemos comprender cuáles fueron los defectos que tenía. Eso no se había hecho en la Universidad, en México ni, hasta donde sé, en Iberoamérica; y en pocas ocasiones en la arqueología marítima mundial.
Se tomaron muestras del revestimiento metálico exterior del barco; tenemos pernos, clavos, parte del sistema de ensamblaje y de un sector del área de cocina. También de la bomba de achique, que se empleaba para extraer el agua que normalmente entraba en un barco, así como en emergencias.
Todas estas muestras se revisan a partir de metodologías de arqueometalurgia para entender cuáles son los metales y aleaciones presentes, a qué temperaturas se fundieron y otros aspectos. Estos materiales nos indican el avance de la tecnología de la construcción naval en ese proceso de cambio del siglo XIX. Con estos datos estamos logrando una mirada amplia y detallada de los navíos, subrayó Herrera Tovar.
A partir del punto de vista de la defensa del territorio nacional, se averiguan las estrategias de guerra y dónde se colocaban los cañones y los cuerpos de fusileros, el tipo de trampas que les ponían a las embarcaciones estadounidenses (como obligarlas a entrar a los ríos, donde no podría navegar buena parte de la flota invasora por su gran tamaño); o cómo sucedieron las batallas náuticas, detalló.
El doctor en Arqueología Marítima por la Universidad de Southampton y su equipo también emplean tecnologías Lidar para análisis del espacio. Son equipos que se pueden llevar a pie o en un dron y envían impulsos láser de cierta frecuencia con los que genera un modelo de relieve del paisaje, sin importar si hay presencia de vegetación.
