Cultura
“Mis recuerdos de crío y los relatos que escuche a la orilla del mercado” es un libro que susurra, no grita… se queda.
“Mis recuerdos de crío y los relatos que escuche a la orilla del mercado» el comercio, los comerciantes y algunas costumbres de Tianguistengo y la región en una época dorada de los años 60s y parte de los 70s.” Señala en la presentación del libro de su autoría Epifanio Lara Antonio.
Mis recuerdos de crío y los relatos que escuché a la orilla del mercado.
La memoria que habla en voz baja.
Hay libros que no se leen: se escuchan.
A la orilla del mercado, de Epifanio Lara Antonio, es uno de ellos. Sus páginas no avanzan como un relato lineal, sino como una caminata lenta entre puestos, voces y recuerdos, donde cada historia parece surgir del murmullo cotidiano de la infancia.
“Tianguistengo siempre fue un lugar donde imperó el comercio de una forma importante, hecho que muchas generaciones recuerdan, ya sea porque vivieron esa época de bonanza o porque han escuchado de ello. Con su permiso, quiero narrarles algunos que recuerdo del comercio, de los comerciantes, de algunas costumbres, anécdotas, dichos y formas de hablar del Tianguistengo de esas décadas”, nos dice.
Y es que el mercado no es solo un lugar; es un territorio emocional. Ahí, el autor recoge los recuerdos de crío y los relatos escuchados “a la orilla”, donde los adultos conversan sin prisa y los niños aprenden el mundo mirando. Epifanio Lara escribe desde esa frontera: entre el asombro infantil y la conciencia adulta que vuelve para comprender.
“En mis recuerdos viven algunas de las actividades con las cuales se sostenía la economía de la población, y entre ellas están, sin un orden especifico: el Comercio en sus diferentes modalidades, La Ganadería, la actividad porcícola, la elaboración artesanal del delicioso Pan, la actividad relacionada a los alimentos como los tamales, las empanadas y además narraré de la prestación de diferentes tipos de servicios públicos y privados. Conforme avancemos por medio de estas líneas, sé que irán recordando otras actividades comerciales que a mis recuerdos puedan escapar.”, argumenta.
En la plaza, en el mercado los personajes aparecen como sombras familiares: comerciantes, clientes habituales, narradores espontáneos que cuentan historias mínimas —a veces duras, a veces entrañables— mientras pesan fruta, acomodan granos o esperan que pase el día. No hay héroes grandilocuentes; hay gente común, y en eso radica la fuerza del libro. Cada anécdota es una hebra que teje la memoria colectiva.
“Permítame ser el guía, caminemos juntos y vayamos recordando a que se dedicaban los habitantes, recordemos que compraban y donde compraban nuestros padres. Le invito a sumarse a esta imaginaria caminata del recuerdo y conozca junto con nosotros los productos que vendían, quienes los vendían y algunas costumbres del pueblo y la región.” Nos invita.
En este libro la prosa es sobria y cercana. No busca deslumbrar, sino recordar. Epifanio Lara Antonio escribe con respeto por la oralidad: conserva el ritmo de la palabra dicha, la cadencia del relato compartido, como si el lector estuviera sentado en una banca, oyendo sin interrumpir. El lenguaje huele a tierra húmeda, a café temprano, de madrugada, a voces que se repiten generación tras generación.
A la orilla del mercado es, en el fondo, un acto de rescate. Rescata la infancia como lugar de aprendizaje silencioso, rescata la palabra popular como archivo de la historia y rescata al mercado como escenario donde la vida se dice sin máscaras.
Es un libro que no grita; permanece. Y al cerrarlo, uno entiende que esos relatos escuchados de niño siguen ahí, esperando a que alguien vuelva a prestarles oído.
“Como se trata de una platica entre paisanos y entre amigos, trataré de que el lenguaje sea común, como antes ya mencioné, alejado de palabras o términos rimbombantes y de tecnicismos innecesarios. Hablemos como paisanos, hablemos como amigos.” Subraya.
“A la orilla del mercado”, la memoria que se escucha.
A la orilla del mercado, de Epifanio Lara Antonio, es un libro hecho de recuerdos, de voces y de silencios. No se lee con prisa: se escucha, como se escuchaban los relatos de infancia mientras los adultos hablaban y el mercado seguía vivo.
El autor regresa a los años de crío, a ese espacio donde la vida pasaba entre puestos, aromas y conversaciones. El mercado aparece como escenario y como escuela: ahí se aprende a mirar, a callar y a entender el mundo sin que nadie lo explique.
Los personajes son gente común: comerciantes, clientes, narradores espontáneos. Sus historias son sencillas, pero profundas. Epifanio Lara rescata la palabra oral, la conserva tal como fue dicha, con respeto y sin adornos innecesarios.
La prosa es cercana, casi confidencial. Cada relato parece contado al oído, como aquellos que se escuchaban “a la orilla”, sin protagonismo, pero con verdad.
Este libro no busca nostalgia fácil. Busca memoria. Y en esa memoria, reconoce a quienes aprendieron la vida escuchando.
A la orilla del mercado es un libro que susurra, no grita… se queda.
