Colaboraciones
La Campana de Dolores
La gente comenzó a reunirse. El pueblo escuchó. Y aquella campana dejó de ser solamente una campana...
Hay objetos que pesan mucho más de lo que marca una báscula.
Una campana.
Bronce, metal, madera y un badajo.
Y, sin embargo, ésta pesa una nación.
La Campana de Dolores fue fundida el 22 de julio de 1768. La llamaron Esquilón de San Joseph.
No nació para convocar una revolución. Nació para llamar a misa, reunir a los fieles y marcar las horas de una comunidad.
Hoy es un símbolo de libertad.
Fue colocada en el campanario oriental de la Parroquia de Nuestra Señora de los Dolores, cuya primera piedra había sido colocada el 2 de febrero de 1712.
Hasta que llegó la madrugada del 16 de septiembre de 1810.
Miguel Hidalgo llegó al atrio. La tradición lo colocó frente a la campana, pero en esta historia aparece también un hombre cuyo nombre quedó casi oculto entre los grandes nombres de la Independencia: el campanero José Galván.
Según la tradición, fue él quien hizo repicar el esquilón.
Y sonó.
Una vez.
Otra.
Y otra.
No sabemos cuántas veces.
Sabemos lo que ocurrió después: la gente comenzó a reunirse. El pueblo escuchó.
Y aquella campana dejó de ser solamente una campana.
Se convirtió en señal.
En llamado.
En memoria.
La Independencia se consumó y la campana permaneció en Dolores hasta 1896, cuando Porfirio Díaz ordenó trasladarla a la Ciudad de México para incorporarla a las celebraciones patrias.
El 14 de septiembre de 1896 fue colocada en el balcón central de Palacio Nacional. Al día siguiente, Díaz la hizo sonar.
Desde entonces, cada septiembre, México vuelve a escucharla.
La campana no habla.
No tiene voz.
Pero cuando suena, todos entendemos lo que dice.
Libertad. Memoria. Independencia. México.
Quizá por eso no pertenece solamente a Dolores, ni a Guanajuato, ni a Palacio Nacional.
Pertenece a la memoria de un país.
Y cada 15 de septiembre, cuando vuelve a sonar, no escuchamos solamente un pedazo de bronce.
Escuchamos al tiempo.
Escuchamos a Dolores.
A Hidalgo.
A Galván.
A quienes estuvieron aquella madrugada.
Y escuchamos una pregunta que sigue viva:
¿Qué hacemos hoy con la libertad que ellos comenzaron a buscar aquella madrugada?
La campana vuelve a sonar.
Y México escucha…
