Cultura

Historiadores señalan que el Árbol de la Noche Triste es un recordatorio del poderío azteca.

  • Mito o realidad, el ahuehuete donde Hernán Cortés lloró su derrota ante los aztecas sigue presente en el imaginario de los mexicanos, 500 años después de la batalla del 30 de junio de 1520.

CIUDAD DE MÉXICO, 26 de abril del 2020.- Mudo testigo del poderío azteca, el “último suspiro” que evoca la resistencia indígena, puente que enlaza el pasado prehispánico con el imaginario colectivo de los mexicanos a través de los siglos, un signo de identidad y orgullo.

Todo esto representa el Árbol de la Noche Triste ubicado en la colonia Popotla, en el que, cuenta la leyenda, el conquistador español Hernán Cortés se sentó a llorar su derrota el 30 de junio de 1520, al ver cómo quedó masacrado su ejército al concluir la única batalla que les ganaron los mexicas.

El arqueólogo Leonardo López Luján y las historiadoras Beatriz Ramírez González y Cristina Espitia Hernández coinciden en que si bien ni las cartas de relación y las crónicas de los españoles ni los códices indígenas mencionan la existencia de este ahuehuete centenario, este pasaje sigue vivo en la memoria popular por la importancia de su significado.

La leyenda nació a raíz de que el español Bernal Díaz del Castillo evocó en una de sus crónicas el llanto de Cortés en la batalla de la Noche Triste: “Volvamos a Pedro de Alvarado, que como Cortés y los demás capitanes, le encontraron de aquella manera y vieron que no venían más soldados, se le saltaron las lágrimas de los ojos….”.

Mito o realidad, el árbol ubicado en el número 478 de la actual calzada México­Tacuba, afirma Beatriz Ramírez, ha conservado un lugar importante en la historia del país y sigue siendo objeto de homenajes, ofrendas y visitas a 500 años de la Noche Victoriosa, como se ha propuesto llamarle a ese episodio.

Este árbol posee un importante significado para los mexicanos. Nos recuerda que fuimos poderosos, que nos enfrentamos con valor a los españoles y les ganamos”, añade la cronista.

Para López Luján, el Árbol de la Noche triste es una versión melodramática del desenlace de esa terrible batalla. “No sabemos si Cortés se sentó a llorar. Al final de cuentas, es un humano; pudo haber llorado, tal vez no ahí. Pero si lloró o no, no es algo tan relevante.

El árbol recuerda la derrota y el llanto de ver a Cortés ante tal debacle. Lo importante del suceso es que los españoles se dieron cuenta del poderío de los mexicas y que tuvieron que recobrar fuerzas, ir con sus aliados y volver un año después. Es decir, la conquista de Tenochtitlan no fue tan fácil”, comenta el investigador.

Cristina Espitia, quien desde 2018 se ha dedicado a investigar la historia de este ahuehuete y piensa que se le debe declarar como patrimonio cultural o histórico de la Ciudad de México, agrega que su importancia radica en que “es testimonio del último suspiro de la resistencia indígena contra las huestes del conquistador y sus aliados tlaxcaltecas.

Sea cierto o no que Cortés lloró en ese paraje, el ahuehuete ha fungido como remembranza de la victoria de Cuitláhuac, el líder de esa batalla y penúltimo emperador azteca. Es un símbolo trascendente en la memoria colectiva del pueblo mexicano que ha coadyuvado a la formación de una identidad apegada al origen”, añade.

Quien cursó la licenciatura en Historia en la UNAM destaca que el árbol ha adquirido una personalidad propia, un significado posterior a la Noche Triste. “El ahuehuete no fue olvidado, sigue siendo parte del imaginario y ha inspirado experiencias particulares: fiestas patronales cada año, ceremonias cívicas y ofrendas por parte de grupos indígenas”.

La experta en el tema asegura que México tiene una proyección mundial por sus monumentos arqueológicos y arquitectónicos. “Pero no se les ha dado la misma importancia a los vestigios naturales; y éste, en particular, posee un lugar especial en el corazón de la gente, porque conecta con un pasado indígena victorioso.

Yo, como mexicana, me identifico con este árbol. Me recuerda que, si bien somos una cultura conquistada, también supimos ofrecer resistencia, por eso siento orgullo”, detalla.

NO AL OLVIDO

Espitia lamenta que el Árbol de la Noche Triste haya ido perdiendo su protagonismo al trascurrir de los años. “A principios del siglo XIX, su presencia era cotidiana en la sociedad mexicana. Los periódicos publicaban mucho sobre él, cada año se celebraba la derrota de Cortés. La historia de esta batalla y el ahuehuete era contada en la mayoría de los libros de texto de las escuelas, entre 1870 y 1890, pues la educación nacionalista del Porfiriato buscaba la identidad con el pasado.

Incluso, en los años 30 y 40 del siglo XX, la figura del antiguo sabino aún seguía muy activa. Éste era uno de los principales destinos en las guías de turismo de la ciudad y nacionales, todos los recorridos lo integraban. Se realizaban constantes obras de mejoras y limpieza a sus alrededores”, señala.

La investigadora advierte que hoy el Árbol de la Noche Triste ya no es importante para las autoridades culturales. “Se ha perdido entre las discusiones de si existió o no, de que si el original es el de Popotla o está en Naucalpan o incluso en Veracruz. Yo creo que es imposible que sea apócrifo, pues lo que sí se sabe es que Moctezuma mandó a poblar de ahuehuetes el Valle de Anáhuac y Cortés sí y pasó por ahí”.

Para la historiadora –quien comenzó su investigación en la Secretaría de Cultura capitalina, a la que propuso se declare al árbol como patrimonio cultural e histórico, y ahora la piensa convertir en su tesis de licenciatura–, es vital que se aproveche el 500 aniversario de la batalla de la Noche Triste, que se conmemorará el próximo 30 de junio, para realizar un minucioso estudio botánico al ejemplar, que “muchos dicen que ya no está vivo”, así como una rehabilitación de su entorno.

Sigue teniendo un significado especial para los mexicanos. Ha sido inspiración para crear obras artísticas, como la pintura que José María Velasco hizo en 1831. También ha motivado cientos de poemas, el primero data de 1631. Me alegra que la gente no lo haya olvidado del todo. Debemos revalorarlo”, concluye Espitia.

Con información de: https://www.excelsior.com.mx/

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