Cuando la revolución se parece al régimen que derrotó
La cancelación de las elecciones en Nicaragua reabre una vieja lección de la historia: el mayor riesgo de toda revolución no es ser derrotada, sino convertirse en aquello contra lo que luchó.
En la década de 1960 nació en Nicaragua el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Inspirado en el legado del general Augusto César Sandino, quien combatió la ocupación estadounidense entre 1927 y 1933, el movimiento surgió con un objetivo claro: terminar con la dictadura de la familia Somoza, que gobernó el país durante más de cuatro décadas mediante el control militar, la represión política y la concentración del poder.
Tras años de guerrilla, persecución y miles de muertos, el 19 de julio de 1979 el FSLN entró victorioso en Managua. Anastasio Somoza Debayle huyó del país y comenzaba una de las revoluciones más importantes de América Latina. La Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional prometió democracia, justicia social, alfabetización, reforma agraria y participación popular.
Durante los primeros años hubo avances que aún hoy son reconocidos, como la Cruzada Nacional de Alfabetización, la ampliación de los servicios de salud y el acceso a la educación. Sin embargo, la revolución también enfrentó enormes dificultades: la guerra contra la «Contra», financiada por Estados Unidos, el bloqueo económico y una profunda polarización interna.
Uno de los primeros símbolos de esa fractura fue Edén Pastora, el legendario «Comandante Cero». Héroe de la toma del Palacio Nacional en 1978, rompió con la dirigencia sandinista al acusarla de concentrar el poder y alejarse de los ideales democráticos por los que se había luchado. Su ruptura evidenció que el consenso revolucionario comenzaba a resquebrajarse.
El desgaste de la guerra y la crisis económica llevaron a elecciones en 1990, donde Violeta Barrios de Chamorro derrotó a Daniel Ortega. El sandinismo entregó el poder por la vía electoral, un hecho inédito para muchas revoluciones latinoamericanas.
Pero la historia no terminó ahí.
Daniel Ortega regresó a la Presidencia en 2007. En sus primeros años mantuvo estabilidad económica y programas sociales que le devolvieron respaldo popular. Poco a poco, sin embargo, comenzaron las reformas constitucionales, el control de las instituciones, la concentración del poder, la persecución de opositores, el cierre de medios de comunicación, el encarcelamiento de adversarios políticos y la eliminación de contrapesos democráticos.
Hoy, con la cancelación de elecciones competitivas y el control absoluto del aparato estatal, numerosos organismos internacionales sostienen que Nicaragua ha dejado de ser una democracia.
La paradoja resulta inevitable.
El sandinismo nació para combatir una dictadura familiar que utilizaba al Estado para perpetuarse. Décadas después, sus críticos señalan que el poder se concentra nuevamente en un matrimonio presidencial, con instituciones subordinadas y una oposición prácticamente anulada.
La historia latinoamericana ofrece una enseñanza constante: las revoluciones pueden triunfar militarmente y, sin embargo, fracasar políticamente cuando dejan de aceptar la crítica, la alternancia y la pluralidad.
No todas las revoluciones terminan traicionando sus principios, pero muchas comienzan a hacerlo cuando consideran que el poder conquistado es un derecho permanente y no una responsabilidad temporal.
La mayor derrota de una revolución no ocurre cuando pierde el gobierno. Ocurre cuando deja de parecerse a sus ideales y empieza a parecerse al régimen que un día juró derrotar.
