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Arte, tecnología y devoción conjugan algunos símbolos en la ciudad

México, 29 de marzo del 2018.- Con una extensión cercana a los mil 500 kilómetros cuadrados, la Ciudad de México, una de las 32 entidades del país, se erige como orgullosa sede de los poderes federales y uno de los centros financieros y culturales más importantes de América Latina.

Su fundación fue el 18 de noviembre de 1824 y el 31 de diciembre de 1971 se promulgó la ley orgánica del Distrito Federal dividida en 16 delegaciones políticas; en 1997 sus habitantes eligieron por primera vez a su Jefe de Gobierno y este año electoral cambiará la nomenclatura de delegaciones por la de alcaldías.

Pese a ser una de las metrópolis más populosas del mundo (casi 22 millones con su área conurbada), de acuerdo con la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), la Ciudad de México es uno de los lugares más visitables del mundo, por ser “el corazón de una cultura viva que exuda todo lo acumulado desde la fundación de Tenochtitlan”.

Riqueza que puede sintetizarse a partir de aquello que, por su historia y tradición, pero también por el sello de identidad que imprime a la cultura mexicana, se ha constituido como símbolo de esta ciudad, tal es el caso de los alebrijes, creaciones multicolores de cartón que fusionan la imaginería fantástica con la destreza de la tradición artesanal.

Herencia del maestro cartonero Pedro Linares, estos seres coloridos y fantásticos se han popularizado por la ciudad y desde 2007 toman cada año la Avenida Paseo de la Reforma en desfiles nocturnos de alebrijes, término que, aseguran, acuñó el propio Linares, quien falleció en 1992, dejando este legado a sus hijos y nietos.

Conocidas en el mundo, la música y la vestimenta del mariachi, originario de Cocula, Jalisco, encuentra su máxima expresión en la capital mexicana en la zona conocida como Plaza Garibaldi, lugar de visita obligada para el turista, por ser punto directo de contacto con la cultura viva de México.

Reconocida desde 2011 por la Unesco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, la música del mariachi no sólo es sinónimo de fiesta y algarabía, pues “fomenta el respeto del patrimonio natural de las regiones mexicanas y de la historia local, tanto en español como en las diversas lenguas indígenas”.

El Parque Ecológico de Xochimilco, Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1987, es otro símbolo de la ciudad que está inscrito en las listas representativas de la Unesco y es un atractivo turístico del sur de la capital, con sus paseos en trajinera y por mantener viva a las chinampas, técnica agrícola mesoamericana.

En términos de arquitectura, sobresale la Catedral Metropolitana, cuya edificación, señalan los historiadores, ocurrió entre 1573 y 1813. Considerada una de las más sobresalientes edificaciones hispanoamericanas, combina estilos como el gótico, barroco, churrigueresco y neoclásico. Mide 59 metros de ancho, 128 de largo y 67 metros de altura, hasta la punta de las torres.

Sede de la Arquidiócesis Primada de México, contó con la participación de los principales arquitectos, pintores, escultores, doradores y artistas plásticos del virreinato, y unió con el mismo objetivo a autoridades eclesiásticas, cofradías, hermandades religiosas de varias generaciones y grupos de todos los estratos.

Situado en el corazón del Centro Histórico y, por tanto, Patrimonio de la Humanidad desde 1987, el inmueble tiene cuatro fachadas, cinco naves, 51 bóvedas, 74 arcos y 40 columnas; dos torres campanario con 35 campanas; dos grandes altares, 16 capillas, dos órganos del siglo XVIII, un sagrario y baptisterio.

Ejemplar en su construcción como en su historia, el Museo Universitario del Chopo abarca una superficie de mil 500 metros cuadrados; su edificio fue prefabricado en Europa en 1903, bajo el diseño de Bruno Möhring, para ser cuarto de máquinas de una metalúrgica alemana.

Hierro, tabique prensado y cristal dieron vida a este palacio traído a México por la compañía Landero y Coss para instalar la Compañía Mexicana de Exposición Permanente. En 1909 lo arrendó la entonces Secretaría de Instrucción Pública para el Museo Nacional de Historia Natural.

En 1917 quedó adscrito a la Dirección de Estudios Biológicos de la Secretaría de Agricultura, que en 1929 se integró a la UNAM como Instituto de Biología, convirtiéndose en patrimonio universitario y poco después en el segundo museo más visitado en la capital, lo que propició el deterioro de sus colecciones y su cierre en 1964.

Abandonado hasta 1972, la ley universitaria de Monumentos de 1973 propició su restauración y reinauguración en noviembre de 1975, dándole nueva vida impulsada por el Cinematógrafo.

En los años 80, el rock se apoderó de sus instalaciones; surgió su primera feria del libro, una del disco y su famoso Tianguis; además, hicieron época grupos como el TRI, Botellita de Jerez o Ritmo Peligroso, y luego todo el Movimiento Rupestre, encabezado por Rockdrigo González, Guillermo Briseño, Jaime López y Cecilia Toussaint, entre otros.

Para 2005, el auge del arte contemporáneo y las nuevas tecnologías llevaron a una readecuación del espacio a cargo de Enrique Norten. Cinco años más tarde reabrió sus puertas con su misma vocación pero en condiciones más óptimas para su oferta cultural.

Inaugurada en 1910, en el Centenario del inicio del movimiento independentista, la Columna del Ángel de la Independencia es quizá uno de los más emblemáticos sitios de culto de esta ciudad. Quinceañeras, novias, fanáticos de futbol, grupos sociales con pancartas y turistas de todas latitudes lo han convertido en punto de encuentro, desahogo, protesta, promoción y esparcimiento multitudinario.

Euforia y enojo; orgullo o frustración, se expresan cualquier día a cualquier hora al pie de este monumento neoclásico de 52 metros de alto, basado en una columna honoraria que remata con la escultura de la Victoria alada, obra del arquitecto Antonio Rivas Mercado.

Inaugurado por Porfirio Díaz en 1910, el Ángel fue modificado en 1923 cuando en el interior del pedestal de la columna se construyeron nichos para los restos de algunos héroes de la Independencia, convirtiéndose en mausoleo. Seis años después se instaló una lámpara votiva de gas para su iluminación permanente.

Su siguiente intervención fue tras el sismo de 1957 que dañó la escultura, la cual fue reemplazada. También se aprovechó para reforzar la estructura con placas de metal y cambiar su escalera. Fue reinaugurada en septiembre de 1958.

En 1985, luego del terremoto de 8.1 grados que sacudió a la capital el monumento volvió a ser restaurado y se le agregaron gradas, bajo la supervisión de Ramón Bonfil. En 2006 cerró casi un año por mantenimiento general, y en 2010, en ocasión del bicentenario de la Independencia, se retiraron las urnas para restaurarlas y rendirles honores a los próceres.

Los años 60 vieron erigirse otros dos símbolos de esta capital: el Estadio Azteca y la Torre Latinoamericana, el primero, inaugurado en 1966, se ubica en el sur de la ciudad y tiene una capacidad para más de 87 espectadores, lo que lo convirtió en el tercer estadio más grande de América Latina.

Uno de los artífices para que México obtuviera la organización de la Copa del Mundo en 1970, es el único estadio que ha albergado dos finales mundiales (1970 y 1986).

Por su trayectoria, que incluye partidos de Juegos Olímpicos, copas del Mundo, Confederaciones, Oro, Libertadores y Sudamericana, además de conciertos y actos religiosos, en 2015, una prestigiada revista británica lo consideró el cuarto mejor del mundo, sólo detrás de sedes como el Nou Camp (Barcelona, España) y el de Wembley (Inglaterra).

Por su parte, la Torre Latinoamericana es el primer rascacielos construido en una zona de alta sismicidad y que marcó un precedente en la cimentación arquitectónica posterior de esta ciudad. Con 204 metros de altura, incluyendo su pararrayos, la torre de 44 pisos y fachada de cristal y aluminio fue edificada en 1956.

Cimentado con 361 pilotes a una profundidad de 33 metros, la torre cuenta con una estructura rígida con un peso de tres mil 200 toneladas, capaz de soportar sus más de 24 mil toneladas totales, el edificio se erige como el más orgulloso símbolo de la capital, sobreviviente de los cada vez más frecuentes e intensos movimientos telúricos.

Entre los números que dan cuenta de su magnificencia están los 27 mil 700 metros cuadrados de cristal, 39 mil metros cúbicos de concreto, tres mil 200 metros cuadrados de lámina acanalada de aluminio y 75 amortiguadores sísmicos empleados para su construcción; 50 toneladas de instalación sanitaria y más de cuatro mil lámparas para iluminación.

Luego del terremoto de 7.7 grados de 1957, el Instituto Americano de Construcción de Acero lo reconoció como “el edificio más alto que jamás haya sido expuesto a una enorme fuerza sísmica”; después ha resistido movimientos de 8.1 y 7.5 grados en 1985, y de 7.1 en 2017.

Además de su mirador y el restaurante bar del piso 41, la Torre tiene otros atractivos como un Museo dedicado al Bicentenario, otro con la muestra permanente “La Ciudad y la Torre a través de los siglos”, una terraza y un área de exposiciones temporales.

Notimex

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