Colaboraciones

¿Hacia dónde va la derecha?

El imperialismo hace ver sus palabras y felicitaciones como comentarios, pero en realidad son actos de intervencionismo.

El péndulo latinoamericano vuelve a cambiar de dirección

El péndulo político se mueve.

Lo mueve el ciudadano.

Cada pueblo vota por la opción que considera capaz de responder a sus necesidades. A veces elige una plataforma política. Otras veces elige una persona. Y, en muchas ocasiones, no vota a favor de alguien, sino en contra de quien gobernaba.

Así se explica buena parte del nuevo mapa político de América Latina.

La derecha avanza.

Argentina, Chile, Ecuador. Colombia entra también en esta nueva conversación. El Salvador representa otra expresión del fenómeno.

Pero una cosa es ganar una elección.

Otra, muy distinta, es ejercer el poder.

Y ahí comienza la pregunta.

¿Hacia dónde va esta nueva derecha latinoamericana?

Porque algunos de sus gobiernos han mostrado un discurso más duro. Frente a la migración. Frente a sus adversarios. Frente a otros gobiernos de la región.

Javier Milei convirtió la confrontación verbal en una herramienta política. Sus diferencias con Lula han llegado al terreno diplomático. Chile endurece su política migratoria. Colombia inicia una nueva etapa y su relación con Washington aparece desde el comienzo como un elemento importante de su política exterior.

No se trata de cuestionar el derecho de los pueblos a elegir.

Ese derecho es intocable.

La pregunta está después de las urnas.

Cada nación tiene derecho a elegir su gobierno.

Y también tiene derecho a conservar su soberanía.

Por eso llaman la atención las felicitaciones anticipadas de Washington a determinados vencedores electorales, incluso antes de que concluyan formalmente los procesos de conteo.

En diplomacia, los tiempos también hablan.

Porque cuando una potencia imperial opina o felicita, no siempre está haciendo un comentario. Está manifestando un posicionamiento.

Cuando el imperialismo opina y felicita, lo hace como un acto de intervencionismo

La democracia comienza en las urnas. La soberanía comienza al día siguiente. Porque una cosa es ganar una elección con el voto de un pueblo, y otra muy distinta gobernar con independencia de cualquier poder, interno o externo.

Una felicitación no constituye, por sí misma, una intervención.

Pero tampoco necesariamente es un gesto políticamente neutro.

Cuando una potencia reconoce, respalda y establece rápidamente cercanía con un nuevo gobierno, vale la pena preguntar qué intereses acompañan ese acercamiento.

No es una acusación.

Es una pregunta democrática.

La historia latinoamericana conoce demasiado bien el peso de las influencias externas como para ignorar esas señales.

La derecha tiene derecho a gobernar.

La izquierda también.

El verdadero asunto no es quién ocupa el poder, sino cómo lo ejerce.

Si la seguridad se convierte en intolerancia.

Si la firmeza se convierte en discriminación.

Si la cercanía internacional se convierte en dependencia.

Si la ideología vuelve a estar por encima de las necesidades de la gente.

Entonces el péndulo habrá cambiado de dirección, pero no necesariamente de problema.

Porque quizá la lección de este tiempo sea más sencilla.

Están buscando respuestas.

Y cuando esas respuestas no llegan, vuelven a mover el péndulo.

La derecha está avanzando. La pregunta no es si debe avanzar o detenerse. La pregunta es hasta dónde llegará y qué hará con el poder cuando llegue.

Porque una democracia puede cambiar de gobierno.

Lo que nunca debería cambiar es su derecho a decidir por sí misma.

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