Cultura

Mito y rito del juego de pelota en Palenque

Hay lugares donde el tiempo no ha pasado: simplemente aprendió a esconderse entre las piedras. Palenque es uno de ellos.

Hay lugares donde el tiempo no ha pasado: simplemente aprendió a esconderse entre las piedras. Palenque es uno de ellos. Allí, el juego de pelota nunca fue un deporte. Fue una ceremonia donde los hombres hablaban con los dioses, donde el poder de los gobernantes se medía frente al universo y donde cada rebote de la pelota representaba la eterna batalla entre la luz y la oscuridad. En esa cancha sagrada no sólo se disputaba una victoria: se renovaba el equilibrio del mundo.

Y por ello hay lugares donde las piedras todavía conservan el eco de una ceremonia. En Palenque, el juego de pelota no fue un espectáculo ni un simple ejercicio físico: fue una representación del origen del mundo, un diálogo entre los hombres y los dioses, una ceremonia donde el poder político, la religión y el movimiento de los astros se encontraban en una misma cancha. Cada rebote de la pelota evocaba la lucha eterna entre la vida y la muerte, entre la luz y la oscuridad.

Al noreste de la estructura conocida como El Palacio, en la zona arqueológica de Palenque, una de las ciudades más importantes del periodo Clásico maya (250-900 d. C.), se encuentra la cancha donde ese antiguo ritual cobraba vida. Su diseño arquitectónico consiste en dos edificios gemelos orientados de sur a norte, separados por el espacio destinado al juego. El acceso a las plataformas superiores se realizaba mediante escalinatas laterales, de las cuales aún sobreviven algunos peldaños como silenciosos testigos de aquella tradición.

A partir de ese escenario, la historia revela que el juego de pelota fue mucho más que una competencia: fue un instrumento de legitimación política, un rito sagrado y una representación del orden del universo.

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