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miércoles, 14 de noviembre de 2018

Charlas de Taberna | Por Marcos H. Valerio | La enfermera del bien morir

En las clínicas u hospitales públicos y privados se narra un sinnúmero de historias, en su mayoría de médicos y enfermeras afables. Éstas no dejan de esconder cierto misterio.

Irene se sentía agotada, pues tenía ya varias semanas acudiendo cada mañana al hospital a cuidar a su hermano; por las tardes, el turno correspondía a su cuñada y, por las noches, a su mamá.

Recuerda la figura de una enfermera delgada, de baja estatura, morena, con cabello rizado y nariz aguileña, quien se destacaba por la atención que brindaba a los enfermos. Incluso, su charla tranquilizaba a los familiares.

Javier, el hermano de Irene, sufría dolores intensos y la enfermera, para calmar sus malestares, le suministraba medicamentos antes de lo estipulado.

Un día por la mañana, Javier tuvo una recaída y ella lo atendió hasta tranquilizarlo. Al salir de la habitación, Irene la abordó para preguntarle: ¿Mi hermano va a vivir?

La enfermera respondió contundente: “Va a morir”.

Irene se inundó en llanto. La enfermera la abrazó y con voz apaciguadora le dijo: “estoy aquí para ayudarlo a bien morir y los familiares no deben sentir angustia”.

Mientras seguía la charla, Irene se sintió en paz.

A los pocos días, pasado mediodía, Irene se encontraba en su trabajo. En ese momento sonó su celular. La llamada provenía del teléfono móvil de su cuñada.

– ¿Irene?

– ¿Si?

– Es importante que vengas al hospital.

– ¿Quién habla?

– Alicia

– ¿Qué Alicia?

– ¡Alicia, la enfermera! Es urgente que vengas, hablo de parte de tu cuñada Blanquita.

Apenas colgó, dejó las actividades laborales, tomó su auto y se dirigió al hospital. Tuvo el peor presentimiento. Alrededor de 25 minutos más tarde, Irene subió por las escaleras hasta el quinto piso, pues el elevador tardaba mucho.

Al llegar al pasillo, divisó a su cuñada en llanto, sentada frente a la habitación. Adentro, los doctores trataban de reanimar a Javier. Irene y Blanquita cruzaron sus miradas. Esta última expresó: “se nos fue”.

Tras unos días, la familia debía arreglar algunos trámites en el hospital. Irene aprovechó la oportunidad para buscar a Alicia y darle las gracias por las atenciones.

En ese instante se enteró que no existía Alicia, mucho menos una enfermera con sus características físicas. Para salir de dudas, preguntó en otros pisos; nunca la encontró.

Debido a la insistencia, la jefa de enfermeras mostró las fotografías de todas las trabajadoras, sólo había una de nombre Alicia, pero totalmente diferente.

En ese momento, Irene supo que ni su cuñada ni su mamá habían entablado conversación alguna con la enfermera, nunca la vieron. Y por obvia razón, nunca se le prestó el teléfono celular para que avisara la trágica noticia.

Su cuñada comentó que, justo en el momento en que Irene llegó al hospital, sucedió el deceso.