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viernes, 19 de octubre de 2018

La Cultura Cívica para combatir el Fascismo y el Populismo | Esteban Ángeles Cerón

La crisis de la conciencia social es una crisis civilizatoria provocada por la erosión de las instituciones públicas; la carencia de conductores sociales; el debilitamiento de la fuerza orgánica de partidos y clase política; y el anquilosamiento de las estructuras institucionales y grupos de poder.

La dimensión estructural de este trance histórico-social, amenaza la vigencia del Estado Democrático de Derecho y la convivencia armónica de la sociedad, ubicando la pérdida de valores cívicos, como síntoma de la metástasis de este cáncer social que nos agobia.

La magnitud de esta disfuncionalidad ha pavimentado el camino para que la modernidadconstituya una era de incertidumbre social, donde los viejos monstruos del fascismo y el populismo, que depredaron el alma de Europa y América Latina, hoy hayan resurgido con una fuerza inusitada, que amenaza destruir al ciudadano y hacer del Estado una maquinaria despótica, autoritaria y tiránica, presta a la tortura y a la muerte.

El escenario no sólo es dantesco, invita a la reflexión de fondo para evitar que la estela de podredumbre que generaron las dictaduras y el autoritarismo, se convierta en el verdadero síntoma de la descomposición social, animada por la ignorancia y la miopía política.

¿Cómo puede el ciudadano combatir al fascismo y al populismo?

Tomando conciencia de que la cultura cívica constituye el piso firme de toda sociedad. Su vitalidad en el lenguaje, la educación, la economía y la política, son el vector que le da sentido y magnitud a las tareas públicas y consolida el proyecto nacional, desde un paradigma de inclusión, armonía y paz social.

Lo contrario es la opción ciega del nacionalismo fascista o populista, que busca crear mitos de desarrollo y progreso para que la conciencia social se convierta en instrumento de los apetitos de las élites de poder, fracturando la esperanza y condenando al pueblo al neo-esclavismo.

Empero, la cultura cívica sólo se construye desde el dinamismo político de instituciones fuertes, que plantean la toma de decisiones públicas en la corresponsabilidad y horizontalidad ciudadana. Este es el basamento de la lógica solidaria del Estado y principio fundamental para el reconocimiento del derecho humano a la participación ciudadana y al buen gobierno.

El ejercicio de gobierno no es una lucha fratricida, y mucho menos, el patrimonio de unos cuantos. Demos entonces cabida al salto cualitativo del quehacer público para edificarlo en el asociativismo, en la horizontalidad de una democracia inteligente, y en una arquitectura política, capaz de encontrar la grandeza de la humanidad desechando lo superfluo de las salidas fáciles de escritorio y las premisas de una política mesiánica, que se resguarda en la promesa barata.

Pero, ¿qué le hace falta a nuestra cultura cívica para consolidar un Estado fuerte y de todos? Estructura y organización.

Los ciudadanos pugnan por manifestarse en organismos abiertos. Es imprescindible crear estructuras que desde la sociedad civil puedan oponerse al mesianismo político a partir de un activismo centrado en la pedagogía política; en el civismo como premisa de vida; y en la voluntad del pueblo como rostro de gobierno, para que sin distingos políticos, partidistas, religiosos o ideológicos, construyan la integración social sin brechas generacionales, raciales o de género, y creen vínculos de esperanza social.

En este trazo de integración ciudadana, he destacado dos sensibles formas de asociativismo social, que han nacido desde la vitalidad del pueblo: las estructuras comunitarias y vecinales. Aquí, el hombre común puede expresarse y levantar su voz, porque percibe que está creando una tarea social entre pares, entre iguales, en equidad y solidaridad, sin ningún interés oscuro o ciego; características esenciales del hombre que es del pueblo y por el pueblo.

¿Qué nos ha faltado para construir una cultura cívica desde la ciudadanía?

Vertebrar desde la fuerza ciudadana los mecanismos que permitan crear una Ley de Cultura Cívica, cuya obligatoriedad genere un dinamismo transversal a cualquier construcción en materia pública, para que su quehacer tenga rostro ciudadano y la voz de hombres y mujeres, constituya la fuerza que destierre la corrupción y la impunidad, producto de la precaria presencia de la ciudadanía en el Estado.

Contamos con un Contrato Social fresco, investido de racionalidad y predispuesto para la acción de la Nación, pero su operatividad no ha sido el distintivo de la armonización social, porque sus leyes se enclaustran y dejan silente al ciudadano, ante la corrupción e impunidad, y en indefensión, es proscrito de la verdad, probidad y solidaridad edificadas en la Carta Magna.

Devolverle al ciudadano la construcción de la cultura cívica, es regresarle el alma al cuerpo social, porque es una tarea que se refrenda en un Gobierno y Estado Abierto, como signo inequívoco de la madurez institucional, que permite a la sociedad ratificar el vínculo unitario de la Nación; lo contrario, marca el exilio de la razón y es prolegómeno del fascismo y el populismo, que hoy se dejan sentir en Europa y América.

No debemos perder la brújula social y política. La ciudadanía se encuentra acéfala de conductores sociales y de un marco jurídico moderno y dinámico, que haga de una Ley de Cultura Cívica el bastión de la institucionalidad, pero también requerimos crear estructuras y organización desde un Instituto de Participación Ciudadana (IPC), centro de lógica cívica e innovación social, que desde el asociativismo y la horizontalidad, congregue los grandes anhelos de justicia e inclusión armónica en un verdadero proyecto social.

No podemos seguir caminando en la oscuridad. Las propias estructuras institucionales aquejadas de credibilidad, confianza y legitimidad, advierten que el vacío de poder y la crisis de conciencia social que hoy atravesamos, sólo presagian un futuro incierto para el país.

No le pavimentemos los caminos a los autoritarismos fascistas y populistas, que en manos de líderes mesiánicos, amenazan con hacer de la Patria un campo de concentración. Avivemos la razón en la inteligencia social e institucional. Quizá esta sea la última oportunidad para hacerlo.

Agenda

  • El Presidente del Consejo de Administración de Grupo México, Germán Larrea, empresa que opera concesiones mineras, ferroviarias y carreteras, convocó a emitir un voto libre, inteligente y a conciencia para no caer en el populismo, que lamentablemente experimentan países como Venezuela en nuestro continente.
  • En una postura incomprensible, el gobierno norteamericano decretó la imposición de aranceles al acero y al aluminio mexicano y europeo, condición que resulta inaceptable en un mundo globalizado y particularmente ante las negociaciones del TLC.
  • El Parlamento Español aprobó una Moción de Censura poniendo fin a la Presidencia de Mariano Rajoy, eligiendo en su lugar al socialista Pedro Sánchez.