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miércoles, 15 de agosto de 2018

La Cultura Cívica y la Construcción de Ciudadanía | Esteban Ángeles Cerón

La cultura cívica, como dimensión política de las acciones del Estado moderno, aparece aquejada por una crisis institucional y social, donde la ciudadanía insular, aquella que se siente ajena o relegada por las acciones públicas, se aísla en un claro rechazo hacia los tomadores de decisiones, como respuesta a la exclusión anti asociativista y verticalista del poder.

El desinterés de los ciudadanos y la apatía del gobierno y de los actores políticos por promover la formación de una cultura cívica, que le devuelva al ejercicio de gobierno la capacidad de encauzar la identidad nacional y trascender las nociones básicas de derechos y deberes, propicia la disfuncionalidad institucional e impide vínculos de dignidad solidaria.

Ante esta crisis de cultura cívica del orden sistémico, Lorenzo Córdova Vianello Consejero Presidente del INE, manifestó “Es necesario crear una política pública en materia de cultura cívica que nos ayude a resarcir el resquebrajamiento de nuestro pacto social y a configurar un nuevo paradigma cultural.”

El mensaje es claro, indica construir una politica pública que fomente la interlocución directa para un ejercicio gubernamental eficiente y eficaz; impulse formas asociativistas y horizontales en la toma de decisiones; establezca la transversalidad que articule a ciudadanos e instituciones; garantice con una nueva visión política, la construcción de ciudadanía activapara fortalecer nuestra convivencia democrática; y disponga en una Ley de Cultura Cívica, la responsabilidad de hacer cumplir estos mandatos a un organismo como el Instituto de Participación Ciudadana (IPC), que hemos venido perfilando.

Empero, la realidad advierte que la educación cívica y la praxis ciudadana son contextos disociados y realidades antitéticas, cuyas expresiones de descomposición social como corrupción e impunidad, desigualdad y discriminación, apatía y desconfianza, afianzan los antivalores que atentan contra nuestra convivencia democrática.

Este divorcio ciudadano, no sólo aparece en la formación cívica de la educación formal, también está presente en los núcleos familiares, donde las discusiones, revelan que lo aprendido en la educación, se pervierte en la cultura cotidiana y en la personificación del poder, que suelen ser zonas vacías para la honestidad y la solidaridad.

La desconfianza ciudadana producto de la corrupción e impunidad, fractura la cultura cívica sin que el ejercicio gubernamental encuentre en la construcción de ciudadanía un espacio auténtico de expresión humana.

La política y los políticos se han convertido en entes antitéticos del desarrollo humano. Son el contraejemplo de los valores del civismo. Su praxis gubernamental aparece como una estela de maldad sórdida, donde las demandas ciudadanas son poco menos que quimeras, o bien, horizontes lejanos, tan distantes como la relación que tienen con sus representados.

La gravedad del caso estriba en que la conciencia política, que debería ser la sustancia del ejercicio de gobierno y de los partidos políticos, se ha diluido desde hace décadas ante el anquilosamiento de estas estructuras, cuya momificación sólo presagia hartazgo político e inconformidad social.

La política no puede seguir siendo espectáculo de mimos de la demagogia o del gatopardismo, que tras bambalinas suelen esconder intereses oscuros que se convierten en peculado, porque olvidan su deber y hacen del encargo público el cofre del tesoro Nacional, mientras la sociedad civil, en su indolencia, se ha convertido en una masa amorfa y muchas veces insensible.

Rob Riemen, en su libro “Para combatir esta era”, precisa esta desorbitada interacción entre la sociedad civil y la sociedad política, al referir que “La sociedad de masas, -aludiendo al filósofo español José Ortega y Gasset-, es el resultado inevitable de lo que Nietzsche tan lúcidamente predijo: el declive de los valores morales y el nihilismo.”

¿No es acaso la negación del civismo y la política, lo que ha hecho que el ciudadano no tenga una identidad y rechace su rol histórico en la esfera pública?

Qué desgarrador ver al mexicano oprimido por el mexicano; sentir que se ha extraviado el rumbo, y pensar que no existe espacio para dignificar a la sociedad.

¿Dónde queda entonces el espacio público y, significativamente, cómo entendemos este espacio que parece perdido, condenado al inframundo político?

¿Acaso no es este mismo nihilismo político el que ha hecho de la democracia un trabalenguas social, que no lo entiende ni la misma élite política?

La cultura cívica no trasciende desde el espacio educativo a la vida del ciudadano, porque sus valores y aprendizajes se han mutado para trastocar todo sentido de confianza, probidad y honestidad, vulnerando no sólo la credibilidad del hombre común, sino también, su esperanza en la humanidad.

Duele no encontrar un espacio ciudadano de expresión pública. Parece que los parques sustituyen al partido político o a una dependencia pública, porque en un parque los padres que llevan a sus hijos, hablan del porvenir, de su esperanza en las futuras generaciones; trazan ciudades y calles imaginarias, donde no existe contaminación, basura o balaceras, pero dolorosamente, una vez que se acaba el juego de sus hijos, vuelven a una realidad que no promete esperanza, ni certidumbre en el espacio público.

Hoy, que hablamos de elecciones y procesos electorales, el ciudadano no ve en los candidatos la decisión que se convierta en esperanza, porque nuestra cultura cívica se reduce al voto que encumbra a un candidato que promete un futuro mejor, pero el voto del ciudadano se da en la desconfianza, en el miedo y, lamentablemente, en el rencor social.

Demacrados en la vida real y con maquillaje en las fotos de campaña, muchos políticos no pueden retocar la realidad en los debates, sólo ofertan propuestas populistas y demagógicas que son la antesala del fascismo; venden ilusiones baratas, pero no realidades ciertas; y derriban toda esperanza del ciudadano por conocer y entender cuál es la lógica de construir gobierno y por qué es necesario el ejercicio cívico en el gobierno.

No existe cultura cívica sin ciudadanos y sin la universalidad del espacio público.

El ailamiento político de los ciudadanos en estos momentos electorales, es el espejo de un cáncer que amenaza con aniquilar a la razón de los hombres ciertos, aquellos que construyeron la Nación y que hoy, grupúsculos políticos de intereses oscuros, pretenden despojarlos de toda esperanza y dignidad humana.

Agenda

  • A cincuenta días de la elección presidencial, los candidatos han cambiado sus estrategias políticas, aprestándose para el próximo debate del 20 de mayo. Sin embargo, hasta la fecha ninguno ha comunicado su agenda de eventos donde convoquen al análisis y deliberación de sus propuestas y programas de gobierno.