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martes, 18 de diciembre de 2018

El Extravío de las Formas del Poder en la Conducción Social | Esteban Ángeles Cerón

La política y los políticos marcan la historia de un desencuentro social. Los partidos acusan una grave amnesia que lastima a su militancia, y el subdesarrollo de su forma de organización y conducción ciudadana, son inexistentes y en el mejor de los casos, resultan ajenas a los propósitos de una democracia.

Esta actitud de la clase política depara un futuro incierto para los pueblos. Su democracia se afecta porque la inconcreción de valores y principios, provoca el impasse propicio para la confrontación social.

La política que no se hace con y frente a la ciudadanía, distingue a una sociedad en quiebre. Aquí, los actores políticos se encuentran distantes. Han perdido el interés por dignificar al tejido social y se han convertido en hacedores de retóricas perdidas y demagógicas, vacías de ideología y carentes de contenido político.

El ideólogo y político Don Jesús Reyes Heroles, no se equivocaba al decir que “la forma es fondo”, esta analogía, advertía que “un político de carrera lo es cuando su palabra es la voz que se esgrime desde la soberanía del pueblo, desde esa voluntad que proviene de los que no tienen rostro pero que encumbran a los representantes a una curul, a un encargo popular o puesto público, con el anhelo de que su derecho sea la razón de Estado.”

Somos una sociedad en riesgo. El nuevo estilo de hacer política no apela a principios ideológicos ni de conducción social; la clase política mantiene una enorme distancia de la sociedad; no hay ni identidad ni compromiso; los espacios de comunicación se han roto, y se ha hecho de la prebenda y el castigo, el territorio de un clientelismo absurdo, que guiado por la promesa mesiánica, impide que el ciudadano sea el rector del Estado.

Los sátrapas y los mirreyes del puesto público han secuestrado a los partidos políticos y a la sociedad; los han convertido en maquinarias de reproducción indolente de sus apetitos. Sus liderazgos, al más puro estilo fascistoide e imperial, han traído la noche y la oscuridad democrática, y sembrado el desánimo y el autoritarismo político, con un sistema de amenazas y recompensas.

Es evidente que cuando la política se encuentra en crisis, la sociedad también lo está. Esta dinastía de nuevos políticos nos ha enseñado desde el rencor y la revancha, desde el contubernio y el peculado y desde la movilización beligerante, que ha depuesto a la razón y al Estado Democrático de Derecho para tratar de avasallar al pueblo.

¿No es acaso este estilo populista y mesiánico de hacer política, reflejo de la crisis de representatividad de los partidos y el extravío de las formas del poder en la conducción social?

Es cierto que no hay democracia sin partidos políticos, pero, ¿los que tenemos, son la clase de partidos que necesitamos los ciudadanos? Desde luego que no.

El anquilosamiento de los partidos políticos no sólo estriba en la erosión de su conducción social y por estar secuestrado por sátrapas y mirreyes. El fondo del problema tiene sus raíces en la precaria cultura política del tejido social, que padece la falta de mecanismos para hacer de su participación en la toma de decisiones, un elemento vital para el control de la clase política.

En este contexto, la nueva forma de hacer política, atrapada en una conducción maniquea y demagógica, trastoca y vulnera a través de la despolitización, la ignorancia ciudadana y la desorganización civil; y confunde y muta los principios elementales del asociativismo ciudadano, al pasar de la lealtad al contubernio, de la concreción a la simulación, del liderazgo al mesianismo, del nacionalismo al fascismo y de la libertad al libertinaje del populismo.

Empero, esta era de mutación de las virtudes públicas, engendra un costo social que mantiene a la ciudadanía en la co-dependencia, la vuelve súbdito de la clase política e invierte la ciudadanización de las estructuras políticas, por una institucionalidad de privilegios.

El marasmo político en que nos encontramos exige inteligencia y disciplina social. Reclama por sobre todas las cosas, activar nuestra participación en una Agenda Nacional de Exigencia Ciudadana, que desde la racionalidad y el escrutinio de la conciencia política, destierre de una vez por todas esta anomia populista y fascistoide, que intenta nublar el avance de nuestra sociedad.

La transformación de toda sociedad ocurre cuando el ciudadano es y se siente artífice de su gobierno, pero ello sólo es posible allí donde la imaginación política de la sociedad está investida de ideología, de principios y valores, que hacen del quehacer público el patrimonio de una sociedad que se mira con solidez, desde la igualdad y con oportunidades para todos.

La principal consecuencia de los mesianismos que hoy se presentan en la clase política es la desarticulación de las estructuras ciudadanas como matriz de las estructuras de Estado. Este es un feroz ejemplo de las caras del fascismo que se esconde en los gestos del autoritarismo de los líderes populistas y, sin duda, el mayor aviso de que nuestro Contrato Social está a punto de convertirse en letra muerta.

Es tiempo de que la sociedad se quite la venda de los ojos y que se arranque la mordaza de la inconciencia. Estos elementos han sido el germen para que hoy la sociedad no ejerza el valor del debate público; para que se vea impedida de la toma de decisiones y para que la política haya perdido la virtud de servir al pueblo.

Ha llegado el momento de repensar y reconstituir la política, pero ello sólo será posible cuando emerja de la conciencia el verdadero ciudadano, el que hace de la política y del partido, los instrumentos de la inteligencia social.

Agenda

  • La Organización de Estados Americanos (OEA) censura el proceder de Nicolás Maduro con la aprobación de una resolución que emplaza a Caracas a cancelar las elecciones presidenciales del 22 de abril y propone otros comicios “justos, libres y con observación internacional“.
  • Los indicadores de violencia e inseguridad de Amnistía Internacional y de corrupción de Transparencia Internacional, representan una oportunidad para que los candidatos a la Presidencia de la República expresen sus consideraciones y propuestas para erradicarlas; y comprometan una política pública de Estado que señale acciones y responsabilidades que enfrenten los riesgos la gobernabilidad actual y futura del país.
  • Lamentable decisión del INE de prohibir los debates durante esta etapa de intercampañas. La sociedad necesita contrastar ideas, propuestas y valorar quién es el candidato mejor preparado.